
Cuando reprimimos los
impulsos de nuestro niño interno, nuestro ser adulto se convierte a veces en alguien
frío, distante o que constantemente se queja de todo lo que le pasa. Las
heridas emocionales que sufrimos cuando éramos crios también pueden seguir
ocultas, latentes en ese niño, y estas salen a la superficie muchas veces en
forma de creencias, comportamientos, miedos y limitaciones de todo tipo.
El trabajo con nuestro
niño interior es un ejercicio de reflexión, en el que visualizamos
nuestra vida, nos preguntamos en que punto nos encontramos y como hemos llegado
hasta aquí, que vivencias han
determinado nuestro posicionamiento en la actualidad, en el "aquí y
ahora", que heridas del pasado siguen abiertas, sin sanar debido a
estímulos o a algo demasiado intenso como para poder ser manejado y que nos
impide estar en paz con nosotros mismos. El afrontamiento es el método para
superarlo.
Por otra parte, la expresión corporal y
facial son herramientas muy utiles para contactar con ese niño
divertido y espontáneo olvidado. A través de ellas tratamos de liberarlo de los
condicionamientos que impone la adultez. Damos rienda suelta a posturas,
gestos, sensaciones y emociones que apenas si recordábamos, produciendonos
bienestar físico y psicológico.
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